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La Hora del Planeta 2026: Educar Para la Eficiencia Energética

 La Hora del Planeta 2026: Educar para la Eficiencia Energética



A propósito de la Hora del Planeta, una reflexión sobre la importancia de entender cómo circula la energía y por qué México necesita un sistema de distribución más justo y eficiente

El pasado 28 de marzo se conmemoró una vez más la Hora del Planeta. Como suele ocurrir cada año, muchas personas apagaron durante unos minutos las luces de sus hogares, de sus oficinas o de algunos edificios públicos. El gesto tiene fuerza simbólica: interrumpir por un momento la rutina para recordar que nuestra forma de habitar el mundo tiene consecuencias. Sin embargo, quizá el mayor valor de esta fecha no esté solamente en apagar la luz, sino en preguntarnos qué significa encenderla. ¿Qué hay detrás de ese acto cotidiano que realizamos casi sin pensar? ¿De dónde viene la energía que usamos? ¿Cómo llega a nuestras casas? ¿Qué esfuerzos técnicos, humanos, económicos y políticos hacen posible que aparezca justo cuando presionamos un interruptor?

Nos hemos acostumbrado tanto a la electricidad que pareciera formar parte natural del paisaje. Está en la luz que ilumina nuestras noches, en el internet que nos comunica, en el refrigerador que conserva los alimentos, en la bomba que sube el agua, en la estufa o el microondas que calientan la comida, en la pantalla desde la que leemos, trabajamos o nos entretenemos. La energía eléctrica sostiene silenciosamente la vida contemporánea. Y, sin embargo, sabemos muy poco sobre ella. Sabemos usarla, pero rara vez entendemos su recorrido. Dependemos de ella, pero pocas veces reflexionamos sobre la complejidad del sistema que la mantiene en movimiento.

Esa falta de comprensión es precisamente la razón de que la educación en materia de eficiencia energética resulte tan importante. Y en este punto quiero aclarar que hablar de eficiencia no debería reducirse a repetir consejos domésticos, ni a pedir que desconectemos aparatos sin explicar por qué. Educar en eficiencia energética implica tener una ciudadanía informada. Significa enseñar a mirar la energía como una infraestructura vital para el país, una condición del desarrollo; una red cuyo funcionamiento influye en la economía, en la vida diaria y en la justicia territorial. Una sociedad que entiende su sistema energético está en mejores condiciones de cuidarlo, de usarlo responsablemente y, sobre todo, de exigir políticas públicas más inteligentes y equitativas.

Conviene recordar, además, que el dominio de la electricidad no es algo que siempre hayamos tenido. La vida organizada alrededor del flujo eléctrico masivo es un fenómeno relativamente reciente. Detrás de ella hubo décadas de investigación científica y descubrimientos fundamentales impulsados por figuras como Faraday y Maxwell, cuyos trabajos ayudaron a sentar las bases del conocimiento electromagnético moderno. Poco más de ciento veinte años atrás, Nikola Tesla y Thomas Edison disputaban todavía cuál sería la mejor forma de distribuir la energía eléctrica. Aquella discusión, que a veces se recuerda como una curiosidad histórica, era en realidad una batalla por el diseño del mundo moderno. De la forma en que la energía pudiera transportarse dependía la posibilidad de expandirla, democratizarla y convertirla en columna vertebral de la vida industrial y urbana.

En México, esa transformación también llegó hace relativamente poco. La electrificación masiva del país tomó impulso en el siglo XX y, con especial fuerza, a partir de las políticas de expansión de mediados del siglo pasado. Hace apenas unas décadas, amplias regiones del territorio nacional carecían de acceso regular a la electricidad. La llegada de la red modificó la vida entera del país: cambió ritmos de trabajo, transformó los hogares, aceleró procesos productivos, conectó comunidades y abrió posibilidades inéditas para la educación, la salud y la comunicación. La domesticación del electrón alteró profundamente nuestra manera de vivir.

Basta detenerse un instante para dimensionarlo. ¿Cómo sería nuestra vida sin energía eléctrica? ¿Cómo se verían nuestras ciudades al caer la noche? ¿Qué ocurriría con los hospitales, las escuelas, las telecomunicaciones, los comercios, el transporte, los sistemas de agua, la conservación de medicamentos y alimentos? La electricidad se ha convertido en una de las condiciones materiales que sostienen la vida nacional. 

Hay analogías que iluminan mejor un problema que muchas páginas de explicación técnica. Una de las que más me ha ayudado a comprender este tema aparece en Blackout, de Marc Elsberg, a través del personaje del señor Bädersdorf. Cuando leí el pasaje, me pareció extraordinariamente útil por su claridad: 
"Imagine la red de energía eléctrica como la circulación sanguínea de un cuerpo
humano, con la única diferencia, quizá, de que tiene varios
corazones, que son las centrales energéticas. De ellas sale la corriente que se reparte
por todo el país, del mismo modo que el corazón bombea la sangre por el cuerpo, y
hay varias líneas eléctricas, del mismo modo que hay varias venas y arterias. Las
líneas de alta tensión serían equiparables a la vena aorta, que transporta mucha
cantidad de sangre en un trayecto muy breve, y luego están las líneas de tensión
media, para trayectos más largos, y las líneas regionales, que hacen llegar la
electricidad hasta el último consumidor. Estas últimas serían como los capilares que
reparten la sangre por cada célula del cuerpo."

La imagen permite entender algo fundamental: un país necesita que su energía circule. La vida de un organismo depende de que la sangre llegue oportunamente a cada parte del cuerpo; la vida de una nación depende de que la energía pueda transmitirse con estabilidad, suficiencia y equilibrio. También permite comprender otra característica decisiva: la electricidad es difícil de almacenarla o mantenerla quieta. Debe producirse, desplazarse y consumirse dentro de un equilibrio permanente. La red requiere coordinación, estabilidad y respuesta inmediata ante cambios de demanda. Durante ciertas horas del día el consumo crece, durante otras disminuye, y el sistema tiene que adaptarse con precisión para evitar fallas. "Como el corazón cuando acelera su ritmo ante un esfuerzo, el sistema eléctrico necesita responder cuando el cuerpo social demanda más energía".

Si seguimos esta analogía, el reto mexicano se vuelve más visible. El problema ya no consiste únicamente en generar electricidad. También importa, y cada vez más, la capacidad de moverla adecuadamente. Ahí aparece uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: el cuello de botella en la distribución y transmisión de energía. En muchos sentidos, México se parece a un organismo que genera sangre, pero encuentra venas estrechas para hacerla circular con eficacia hacia todo el cuerpo. La consecuencia de ello se siente en pérdidas, limitaciones, congestiones de red, retrasos en la incorporación de nuevos proyectos y desigualdades entre regiones que acceden de forma distinta a los beneficios del desarrollo energético.

Por eso la conversación sobre energía necesita madurar. El debate público suele concentrarse en cuánta energía producimos o en qué fuente la generamos, temas sin duda relevantes. Aun así, la red que la transporta merece una atención mucho mayor. Las subestaciones, las líneas de transmisión, la modernización de la infraestructura y la expansión de las redes de distribución son parte del esqueleto invisible del desarrollo. Cuando este componente se rezaga, el país entero resiente sus límites. Las inversiones se frenan, las oportunidades regionales se reducen y la transición energética pierde velocidad.

Aquí la educación para la eficiencia energética vuelve a ser central. Una población que desconoce cómo funciona su sistema eléctrico difícilmente podrá comprender la magnitud de estos desafíos. En cambio, una ciudadanía informada puede conectar mejor los puntos: entender por qué ahorrar energía tiene sentido, por qué la calidad de la infraestructura importa, por qué las energías renovables requieren redes robustas, por qué la planeación pública no puede quedarse en discursos generales y por qué la justicia energética tiene que incluir a las comunidades, a las periferias y a los territorios históricamente relegados. La eficiencia energética, vista desde esta perspectiva, también es una herramienta pedagógica para pensar el país.

Cada pequeño acto de cuidado importa. Cada foco apagado a tiempo, cada aparato utilizado con mayor responsabilidad, cada hábito más consciente suma. Pero el fondo del asunto rebasa la escala individual. La magnitud del reto exige capacidad institucional, inteligencia técnica, planeación territorial; visión de largo plazo y voluntad política. México necesita ampliar y modernizar su infraestructura de transmisión y distribución si quiere avanzar con seriedad en su desarrollo económico, social y ambiental. 

Allí donde la energía circula bien, florecen oportunidades. En donde llega tarde, mal o insuficientemente, se multiplican las desventajas. Si queremos avanzar como país, tendremos que asumir que el desarrollo energético va más allá de la potencia instalada o la cantidad de megawatts generados; también importa la calidad con que esa energía llega a la gente y por la amplitud con que reparte sus beneficios.

La Hora del Planeta puede ser, entonces, mucho más que una fecha simbólica. Puede ser una ocasión para educarnos, para comprender mejor el entramado que sostiene nuestra vida diaria y para mirar la energía como un asunto profundamente colectivo. México necesita una ciudadanía que conozca su sistema eléctrico, que entienda la importancia de la eficiencia energética y que sepa demandar soluciones más justas. Porque solo una sociedad informada puede empujar una política energética capaz de hacer circular el desarrollo por todo el cuerpo de la nación.


Autor: Diego Gabriel Sánchez Cruz

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